En “Diario de un mal año”, J. M. Coetzee atribuye a los grandes maestros de la literatura, y en particular (y por encima de todos los demás), a Tolstoi y a Dostoievski, una virtud única y misteriosa, inalcanzable para la mayoría de los que escriben: la autoridad narrativa. Una cualidad presente en sus obras que hace que nos tomemos en serio lo que nos cuentan; un carácter de su prosa que la convierte en inevitablemente conmovedora y transformadora para el lector. Pero ¿de dónde viene esta autoridad literaria? Podría pensarse, que hoy viene dada por el prejuicio con el cuál quien toma en sus manos libracos como “Guerra y paz” o “Los hermanos Karamazov”, está siempre ya persuadido (y asustado) porque va a leer una obra monumental sobre el bien, el mal, y la arquitectura más profunda del alma humana. La lectura de los “Cuentos” de Dostoievski es una buena oportunidad para comprobar que la “autoridad” de la que habla Coetzee nada tiene que ver con el tamaño o seriedad de las obras, y que difícilmente puede reducirse a un prejuicio clasicista.
Para empezar, por ejemplo, en El niño y la manita (1876) un tema como la cuestión de la existencia de dios, (pero no como debate intelecutal y metafísico sino como como problema moral y urgente, como un problema de todos los días), se desarrolla en tres o cuatro páginas, casi con igual fuerza que en Los hermanos Karamazov de más de mil páginas. De hecho El niño y la manita (1876), es uno de los textos más emocionantes, más simples y más profundos sobre cómo la injusticia del mundo es una realidad tan inobjetable como el anhelo de justicia en el alma de los hombres. Pero, lo increíble es que Dostoievski no necesita en realidad ni siquiera plantear una estructura estricta de relato para tener esa fuerza de conmoción moral. Así en Dos suicidios (1876), el núcleo del texto es la mera contraposición de dos noticias de periódico desarrollada en casi nada, tres páginas, diez minutos de lectura turbadora.
Pero, esta antología también es una buena muestra de una faceta de Dostoievski con la cual no se lo suele asociar: el humor y la ironía. Nunca exentos, es verdad, de cierta acidez reflexiva. Así, varios de los cuentos que aquí se recogen tienen un tono abiertamente satírico. En particular varios anteriores a 1870: El cocodrilo (1865) que fue fuente de muchos problemas para el autor por la feroz crítica que contenía al creciente y absurdo poder de la burocracia estatal; La mujer ajena y el marido debajo de la cama (1845); o El ladrón honrado (1848) que abordan el problema de la culpa desde un punto de vista cómico.
La selección de cuentos a cargo de la propia traductora, Bela Martinova, es de elogiar en la medida en la que no hay un solo cuento en la antología que sea prescindible. Quizás hay alguno como Las noches blancas (1848) o El sueño de un hombre ridículo (1877) ya bien conocidos (varias veces editados) por el público. Pero también es verdad, que El sueño de un hombre ridículo (1877) es un texto tan bueno que merece ser infinitamente traducido y editado. Quizás, como la propia Martinova sostiene en la introducción, sea el mejor cuento de Dostoievski. En él se confunden dos estructuras típicas de su literatura: el delirio y la utopía. Para un lector posterior al siglo XIX, siempre es llamativa la relevancia que los personajes de Dostoievski le dan a las alucinaciones y delirios febriles o ebrios en los que con gran frecuencia caen. La alucinación termina funcionando como una fuente única de verdad, de lucidez superior concedida al alucinado a cambio de la fiebre y el sufrimiento de su cuerpo.
Hay que decir también que muchos de los textos contenidos en esta antología corresponden a entradas de los Diarios de Dosotoievski que también han sido editados recientemente por la editorial Alba. Pero está bien que hayan sido antologados aquí bajo el título de “Cuentos”, porque es verdad que a partir de la reflexión sobre un hecho cotidiano que suele ser el comienzo de una entrada típica del diario de un escritor, Dostoievski no puede escapar a su propia vocación fabuladora y termina componiendo un cuento. Él mismo lo anota al final de El niño y la manita, que también partía de un triste hecho verídico para elevarse a la fantasía del milagro y un final menos triste:
“Y ¿para qué habré escrito yo una historia de este tipo, ajena a la línea de un diario normal, máxime cuando es el de un escritor? ¡Había prometido hablar únicamente de historias reales! Pero ahí está la cuestión, que no hace más que figurárseme que todo ello [la resolución abiertamente fantástica y redentora del relato] pudo haber ocurrido realmente (...) Ni yo mismo sabría decirles si realmente pudo haber ocurrido o no. Pero por algo soy novelista y puedo imaginar.”
Quizás, sólo en eso consista lo que Coetzee envidia (con su habitual sinceridad extrema) en los grandes maestros. Estar más allá de la mediocre dicotomía actual entre pesimismo y estupidez, entre hiperrealismo morboso y fantasía ciega. Ser capaz tanto de conocer y mostrar la crudeza del mal y la estupidez, como de atravesarla e ir más allá. Dedicarse a elevar una y otra vez el espanto cotidiano por encima de sí mismo.
Santiago Gerchunoff
|