"Fiebre en las gradas"
de Nick Hornby , Editorial Anagrama.

Nick Hornby: el gran entusiasta
Abril 2008

 

“Esta idea de que la ‘Literatura’ puede sobrevivir de alguna manera sin los lectores contemporáneos es nueva, y mucho me temo, equivocada. Hay un tipo de escritura literaria especialmente aburrida que claramente se dirige a la posteridad - no me interesa leerla, y, desde luego, no me interesa escribirla.”

En una entrevista de Sara Martín para la revista literaria Barcelona Review (aprovecho para recomendarla a todos los amantes de la literatura: www.barcelonareview.org), Nick Hornby, visiblemente molesto, respondía así a una pregunta de la entrevistadora que pretendía confrontarlo con una afirmación de otro famoso escritor inglés, Martin Amis, en la que señalaba que las novelas deberían pasar la prueba de fuego que supone el paso del tiempo.

“¡Oh, ese rollo! Una cosa sí que sé: no puedes ser leído en el futuro a no ser que te lean ahora.”

No es casualidad que Fiebre en las gradas fuera el primer libro que escribió Nick Hornby. El joven Nick no pretendió dedicarse profesionalmente a la escritura hasta bien tarde. De hecho el adolescente Nick, y luego el joven Nick, solo sabía una cosa de sí mismo con total certeza: que era un hincha del Arsenal, su equipo de fútbol de toda la vida. En realidad, sabía alguna cosa más. Cosas relacionadas sobre todo con las chicas y el rock and roll. Pero eso es otra historia y, sobre todo, otra novela: Alta fidelidad. Cuando tomó la decisión de abandonar su trabajo para tratar de convertir la escritura en su modo de vida, ¿de qué podía tratar su primer libro, aquél con el que se iba a presentar al mundo, si no de su gran pasión?

Es posible que algunos de vosotros, lectores, estéis a punto de dejar de leer aquí. Calculo que un veinticinco por ciento de vosotros al leer la palabra “fútbol” os habéis removido en vuestro asiento y habéis recordado que teníais algo en el fuego o una llamada de teléfono que hacer. Sin embargo, sería un error pensar que Fiebre en las gradas es un libro sobre fútbol. Más bien es un libro alrededor del fútbol. O mejor aún, es un libro entre el fútbol. Los (y las) que estuvierais a punto de abandonar este comentario porque el fútbol os importa un bledo, aguantad un poquito más. Tal vez acabéis haciéndolo igualmente, pero al menos dejadme deciros mientras tanto que no es lo mismo explicar las reglas del fútbol, que explicar las emociones que genera. Igual que no es lo mismo hacer un ensayo sobre la estética del fútbol que contar las experiencias personales, únicas, que alguien ha vivido con esos acontecimientos. Hornby opta por la segunda opción en ambos casos, porque Hornby no está dentro del futbol, nunca teoriza, no es un experto. Él es, por encima de todo un fan, un seguidor incondicional de un equipo de fútbol.  Él vive alrededor del fútbol y eso es lo que describe: la expectación generada por la marcha del equipo, las emociones que le surgen ante cada resultado, las relaciones que establece (y las que pierde) a causa del fútbol.

Sí, lo sé. Este punto y aparte ha hecho que los que aún seguías leyendo, os lo replanteéis. Al menos, ya sabéis que en Fiebre en las gradas no os vais a tener que tragar disertaciones sobre el fuera de juego, las manos involuntarias o el cuatro-cuatro-dos. Pero, ¿qué interés puede tener leer lo que diga un tipo que no conocéis, sobre su equipo favorito, el Arsenal, un club que probablemente ni siquiera os suene, y que además es posible que sea uno de esos hooligans que aterrorizan las ciudades a las que llega su equipo a jugar partidos en competiciones europeas?

Como calculo que en este punto aún quedáis uno de cada dos de los que empezasteis a leer la reseña, os daré al menos dos razones distintas al fútbol mismo para animase con este libro. La primera razón tiene que ver con el entusiasmo. Me encanta escuchar o leer a alguien que convierte lo que le gusta en algo extraordinario y digno de ser transmitido. Y eso me puede pasar con alguien que me transmite su fascinación por el comportamiento gregario de las hormigas o que me explica con todo detalle el uso de la mano izquierda para tocar el platillo de la batería o que me cuenta como acabó en un hospital en Suecia a causa de una indisimulable y prolongada hinchazón en cierta parte del cuerpo. En fin, que adoro los discursos entusiastas, me gusta la gente que consiguen hacerme vivir la pasión por algo como la viven ellos mismos. Esta es una característica del entusiasta. Y Nick Hornby lo es. Es el gran entusiasta.

Antes explicaba que Nick Hornby es alguien que vive alrededor del fútbol. La segunda razón que os ofrezco tiene que ver con el hecho de que Hornby, también, vive entre el fútbol. La vida de Hornby no sólo gira en torno al Arsenal, sino que la vida es algo que sucede entre partido y partido del Arsenal. Todo lo demás queda suspendido cuando juega el Arsenal, sus compromisos familiares, sus ligues ocasionales, sus trabajos circunstanciales. El tiempo de su vida no es una flecha plana que se dirige, regularmente, siempre a la misma velocidad, hacia un destino desconocido. El tiempo de su vida es una suma de cortos periodos limitados por la celebración de un partido del Arsenal al principio y al final. Por supuesto, que lo que sucede durante un partido forma parte del siguiente periodo de la vida del hincha, a veces incluso el acontecimiento es tan importante que se queda para siempre. Pero a la inversa no sucede: lo que sucede en su vida, en el día a día, no se traslada al momento del partido, no tiene cabida en el campo del Arsenal. Ya puede desmayarse su novia en medio del partido, ya puede invitarle una gran amiga a una celebración muy importante, ya puede existir algún acontecimiento familiar de gran magnitud. Uno de los pasajes más emotivos de Fiebre en las gradas, uno que va dirigido a los que todavía dudan que se pueda decir algo interesante mientras se habla de fútbol, trata de esto:

“¿Cómo vas a expresar la tristeza que te abruma si todo el mundo se empeña en hacerte reír? En los partidos del Arsenal, sin embargo, no hubo risas al menos por mi parte. Y aunque tenía amigos a los que les hubiese encantado acompañarme a los partidos, es muy significativo que mi apego incondicional a los colores de mi equipo en seguida diera pie a una actividad esencialmente solitaria: la temporada siguiente fui a presenciar unos veinticinco partidos, diecisiete o dieciocho por mi cuenta. Creo que no me apetecía pasarlo bien en el fútbol. Me lo había pasado bien en otros lugares y estaba asqueado de aquello. Más que nada necesitaba un sitio en el que una infelicidad inconcreta pudiera prosperar, un sitio donde estarme quieto, agobiado y mohíno. Estaba triste, ¿no? Pues cuando iba a ver a mi equipo, podía desenvolver esa tristeza y airearla un poco.

Si no te interesa el fútbol en absoluto y has llegado hasta aquí, tiene mérito. A la hora de escribir este comentario, lo primero que me venía a la cabeza es que con Fiebre en las gradas no se podía utilizar el recurso habitual de hacer referencia a la “magnífica y enriquecedora” trama del libro. Una mini-autobiografía con el amor al fútbol como eje de la historia nunca podrá competir con una conspiración que promete desvelar la identidad de algún descendiente de Jesús. O con la reconstrucción detallada de algún episodio glorioso de la historia de nuestro país. Y mucho menos, con un misterio al final del cual se encuentra un mensaje-en un libro-en una biblioteca por el que la gente muere y mata. No. Fiebre en las gradas no puede competir con asuntos de este tipo. Fiebre en las gradas  es poco literaria. Es demasiado popular. Pertenece a ese tipo de cosas de las que las élites literarias nunca escribirían, ya saben, el fútbol, los cotilleos o los programas de televisión. Es posible que la biografía de un hincha de un equipo de fútbol del norte de Londres no encaje en los cánones de la alta literatura que habrán de el paso del tiempo, pero hay algo profundamente petulante y autodestructivo en pretender que la literatura haya de ser sólo para minorías cultas y refinadas. Dice el propio Hornby en la entrevista antes mencionada:
           

No quiero que mis libros excluyan a nadie, pero si tienen que hacerlo, ¡preferiría que excluyeran a la gente que siente que quedan por debajo de su inteligencia!

El hecho de que la lectura se haya convertido en un hábito menor no conlleva que se deba renunciar a un público más amplio, evitando hablar de temas demasiado populares. Sin duda, la literatura es capaz de hacernos reflexionar, nos cuestiona, nos incita a preguntar cosas y a buscar respuestas. Pero la literatura tiene también la virtud de divertirnos, de sacar una sonrisa de nuestros labios solitarios (digo solitarios, porque no conozco a nadie, todavía,  que sea capaz de besar y leer, al menos de manera apasionada), de emocionarnos. Fiebre en las gradas es un buen exponente de este tipo de literatura y varias de las novelas de Nick Hornby también pertenecen a esta categoría de "escritura pasional", sobre todo, la conocida Alta Fidelidad y el conjunto de relatos autobiográfico-musicales titulado 21 canciones.
           

Al fin y al cabo, el que haya llegado hasta aquí (según mis calculos, uno de cada dieciséis) habrá comprendido que la prueba definitiva del valor de la literatura no tiene que ver, como dicen unos, con el paso del tiempo que todo lo mide y juzga. No. El valor primario de toda literatura tiene que ver con el nivel de verdad que se establece en la relación entre lo escrito y el escritor, pues uno escribe de los que más sabe. O mejor aún, uno debería escribir de lo que más sabe (o de lo que más quiere saber). Y Hornby, sin duda, sabe de lo que escribe. O sea, de fútbol. O sea, de él mismo.

Igor Muñiz

 

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