Como casi siempre, tenía muchos prejuicios al empezar a leer “Hotel Problemski”. Lo poco que sabía del libro sonaba en principio a cliché políticamente correcto, melifluamente “comprometido”: una crónica, escrita por un belga, de la vida en un centro de refugiados inmigrantes en una ciudad belga. El autor, Dimitri Verhulst, había pasado realmente unos días conviviendo con los refugiados (en su mayoría musulmanes, africanos y europeos del este) en un centro de acogida de la ciudad de Arendonk para escribir un artículo sobre el tema en una revista belga. Imaginaba que el tema del libro sería el sufrimiento y dignidad de los refugiados, relatados por una voz europea, occidental, llena de comprensión y culpa. Una voz predecible, aburrida e hipócrita.
Nada de eso. Hotel Problemski es una bomba. Un trago ácido y oscuro que no hay más remedio que beber de golpe. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que tenga sentido decir, como dice la contraportada, que estamos ante un libro “incómodo” y “políticamente incorrecto”?
Yo creo que después de pasar esos días compartiendo su tiempo con el grupo de pobres desheredados, cuando Verhulst se puso a organizar sus notas para redactar el libro, y se vio empeñado en la redacción, poniendo todo su esfuerzo de escritor en hacer una “gran crónica” de lo vivido, sintió asco por sí mismo. Exactamente la misma clase de asco fascinado que siente el lector por el fotógrafo Bipul Masli –narrador en primera persona de Hotel Problemski-, con sólo leer las primeras líneas del libro:
“ “Haz como si yo no estuviera aquí”, le dije al niño que estaba muriéndose de hambre y al que yo intentaba fotografiar.
Estaba nervioso, ojalá me hubiese tomado una pastilla que acabara con el temblor de manos. De algún modo sentía que esa iba a ser mi foto. La foto. Aquella que me catapultaría a la fama, que aumentaría mi valor en el mercado, que me permitiría decirle al jefazo de Reuters que me llamase en otro momento. Un fotógrafo siente esas cosas.” (p. 9)
Entonces, Verhulst decidió que la única forma de escribir la crónica sobre la vida de los inmigrantes en el centro de refugiados conjurando al mismo tiempo ese asco, era que el libro no se tratara solamente de un conjunto de anécdotas más o menos impactantes, más o menos conmovedoras con los inmigrantes como protagonistas, sino simultáneamente de un brutal señalamiento de la posición siniestra del “consumidor cultural” de tragedias ajenas. Y Verhulst sabe que esa posición es, precisamente, la del lector de su libro. Lo admirable -además de su gran talento como narrador de golpes cortos, sanguinario, certero, (tipo Jim Thompson, tipo el Dr. House, tipo El Roto)- de su enfoque, es que no cae nunca en la tentación de regodearse junto al lector en lo buenas, dignas, bellas y simpáticas personas que son los inmigrantes sin papeles. Lo malo, lo injusto, el sentimiento de pena, no pueden provenir del hecho de que esos negritos y esos eslavos perdidos sean super simpáticos y super interesantes, que sean tan buenos bailando, o tocando el bombo y la corneta. Todo eso, en todo caso, puede ser motivo de risa, de comedia. Pero lo penoso, lo injusto, lo triste, es la vida que les tocó, la tragedia sin fin en la que están inmersos y no sus simpáticas costumbres. Por eso, la voz de Masli es despiadada en la descripción de los refugiados, no hace ninguna apología de sus folklores, sino que se burla abiertamente de todo lo “folklórico” (como realmente hacen los inmigrantes entre sí). Y al mismo tiempo que bromea o se burla, nos cuenta de hecho las tragedias más terribles:
“Afuera el termómetro señala seis bajo cero y, pese a que no está el tiempo para eso, la BBC interrumpe impúdicamente a un pianista para informar de que han vuelto a interceptar un contenedor de inmigrantes ilegales. En Tívoli, Italia. Esta vez parece que se trata de rumanos. No había tomates, sino que estaban escondidos detrás de palés de baldosas. Pero no hay que preocuparse por tener que compartir nuestra habitación con un rumano: se han muerto todos, congelados a medio camino entre la Nada y Ningún lugar. Una muerte “rock and roll”, en la carretera. Parece que no está mal, la muerte por congelación, los montañeros que quedaron atrapados en una tormenta de nieve en el techo del mundo y que contaban con sus dedos azulados la distancia que los separaba del túnel de la muerte, confesaron después que se sentían colocadísimos mientras esperaban al helicóptero” (p. 68)
El particular punto de vista que elige Verhulst, -el del ex-fotógrafo refugiado Bipul Masli-, tiene un efecto desconcertante en el lector. Se trata del punto de vista de alguien “de dentro” del centro, de un refugiado más, de un pobre miserable, por lo cuál el lector, en principio, tendría que sentirse impelido a sentir pena por él. Pero su manera de hablar de los refugiados, y en general de los miserables y muertos de hambre, es de un tono tan irrespetuoso que el lector mismo (gobernado por una relación hiper-respetuosa -por puramente imaginaria- con los miserables) nunca se permitiría. Si el lector acude a la cita sólo preparado para el juego de la pena y los buenos sentimientos con los protagonistas del libro, Verhulst le presenta inmediatamente a Bipul Masli para que sepa que la cosa no es tan sencilla. Detrás de la oposición entre “nosotros, los salvados”, llenos de culpa y “ellos, los hundidos”, llenos de dolor, que sabe operativa en sus lectores, el relato descubre la oposición entre “nosotros, los que miramos” y “ellos, los que son mirados”. La división del libro en dos partes tituladas “Bipul Masli, fotógrafo” y “Bipul Masli, refugiado”, desarrolla precisamente el cuestionamiento de esas polaridades: Masli ha sido uno de “los que miran”, un fotógrafo, pero es también uno de “los que sufren”, un refugiado, un mirado.
Pero aún después de todo lo dicho, la mayor riqueza, la mayor virtud de Hotel Problemski, se descubre en los pasajes del libro en los que sin dejar la crudeza y el humor negro, la voz de Bipul Masli llega a ser violentamente conmovedora.. Es extraña la cercanía que existe en esos pasajes entre la crueldad y la piedad. Es notable lo simple y verdadera que parece esta cercanía en la pluma de Verhulst. Creo difícil que alguien pueda no sentir un agujero en el pecho, no soltar ni una lágrima al leer el capítulo titulado Nuestros tristes hijos son el futuro. Prueben a ver.
Santiago Gerchunoff
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