Jonathan Franzen nació en Illinois en 1959. En 1988 publicó su primera novela, Ciudad veintisiete y en 2001 se hizo muy famoso al publicar Las correcciones. Se trataba de una novela de cerca de mil páginas, dedicadas a retratar la vida de una familia norteamericana. Gracias a Las correcciones, a día de hoy, Franzen figura bien arriba siempre que se hable de los grandes o mejores novelistas americanos vivos. Es el éxito de aquel libro, -que está a punto de ser llevado al cine-, el que permite que un escritor tan joven como Franzen pueda publicar un libro de “ensayo autobiográfico” como Zona fría y que le prestemos atención. Pero lo cierto es que se trata de un libro extraño y fascinante.
En cierto sentido, la temática es la misma que en sus otros libros: la vida familiar de clase media en los Estados Unidos. Sólo que aquí la familia retratada es la suya y el antihéroe protagonista es, muy descarnadamente, él mismo. El modo de hablar de si mismo de Franzen, el modo de contarnos distintos episodios de su vida es verdaderamente singular, por absolutamente falto de jactancia. Estamos acostumbrados a que los escritores consagrados utilicen el registro autobiográfico para aumentar la admiración de sus seguidores. A las virtudes literarias de las que el lector está ya convencido, el escritor que cuenta su vida, suele sumar unas virtudes personales derivadas de la épica que construye de su propia existencia, en general atormentada, alocada y heroica. Casi siempre, el lector de estos libros acaba queriendo conocer personalmente a su ídolo y recibir sus consejos de vida para ser tan valiente como él...El modo que tiene Franzen de retratarse es lo más lejano posible a este modelo: parece más bien querer disuadirnos de conocerlo. Tal y como se describe en el capítulo “Dos ponis”, fue un niño empollón, solitario y fanático de...Snoopy. De adolescente, según relata en “Ubicación céntrica”, fue tan poco aventurero, que confiesa no haber siquiera intentado masturbarse hasta los 18 años. Respecto de su formación literaria, en “La lengua extranjera”, describe su beca fullbright en Alemania, no como el llamado de la gran literatura europea o algo así, sino más bien como un desesperado intento por perder de una vez por todas, con las europeas, una virginidad que su vida universitaria norteamericana (¡hablamos de los años 70!) no había conseguido liquidar. Ni siquiera el retrato de si mismo en la actualidad, ya como escritor de éxito tiene nada de glamouroso: a sus fracaso matrimonial Franzen no responde con una adicción a las drogas, al sexo o a la violencia (vease el modelo Bret Easton Ellis), sino con una adicción obsesiva a la observación de aves (de la cuál trata el último capítulo del libro: “Mi problema con los pájaros”). Pero todo esto no hace que el libro sea aburrido, sino al contrario: simplemente, el autor descarta de plano el camino del vedettismo; si ha elegido el registro autobiográfico, no es para darse aires, sino porque sólo a través de ese tono puede hablar de lo que quiere hablar: de la Zona fría.
El título original del libro, que Jaime Zulaika tradujo como Zona fría, es Discomfort zone: algo así como la zona de la incomodidad, la zona incómoda, inhóspita, poco amigable. Franzen en ningún momento explica de qué se trata el libro, pero es cierto que si hay algo que une a los seis capítulos o ensayos que lo componen, es cierta sensación de incomodidad, de inquietud que todos transmiten. Quizás The discomfort zone sean los Estados Unidos. No hay duda de que uno de los grandes atractivos del libro es toda la información y descripciones de la vida de una familia de clase media norteamericana. Y es cierto que el país y la sociedad escenario del libro se vuelven menos cómodos, menos amigables a medida que el relato avanza. En este sentido quizás la zona incómoda sea la época actual, en la que el libro está escrito.
“El actual es un gran momento para ser un ejecutivo jefe norteamericano y una mala época para ser su trabajador peor pagado. Un gran momento para ser Wal-mart, uno malo para interponerse en el camino de Wal-Mart; una gran época para ser el extremista de turno, una mala para ser un competidor moderado. Fabulosa para un contratista de defensa, un tiempo de mierda para un reservista; uno excelente para ocupar un puesto en Princeton y penoso para ser adjunto en el Queens College; extraordinario para gestionar un fondo de pensiones, pésimo para confiar en uno de ellos; mejor que nunca para ser un superventas, más arduo que nunca para estar en la mitad de la lista de libros más vendidos; fantástico para ganar un torneo de póquer Texas Hold`em, un coñazo para ser un adicto al vídeo-póquer” (p. 24)
Muchas descripciones de este tipo nutren el libro, y la virtuosidad e inteligencia del escritor le permiten intercalar con la narración autobiográfica varios pequeños ensayos sociológicos o culturales: un insólito ensayo-homenaje a Schulz (el autor de Peanuts), una descripción fascinante sobre los grupos de jóvenes “religiosos” norteamericanos en los años 60 o una extraña disquisición sobre Kafka y el sentido de la literatura. Pero probablemente, el tema último del libro, la zona incómoda de la que trata y lo convierte en algo más que otro libro sobre los Estados Unidos y su deriva actual, es la adolescencia. Pero no la adolescencia como una edad circunscrita, de exploración y aventura, sino de cierta dificultad para estar en el mundo, para vivir, que nunca termina de desaparecer.
“La adolescencia se disfruta más sin cohibición, pero la cohibición, por desgracia, es su síntoma principal. Incluso cuanto te sucede algo importante, incluso cuando tienes el corazón oprimido o exaltado, incluso cuando estás absorto en sentar los cimientos de tu personalidad, hay momentos en que sabes que lo que está sucediendo no es la verdadera historia. A menos que te mueras, la verdadera historia está por llegar. Este sólo hecho, esta mezcla cruel de conciencia e insignificancia, esta vacuidad intrínseca basta para explicar lo cabreado que estás. Eres infeliz y te avergüenzas si no crees que tus trastornos adolescentes importan, pero si lo crees, eres un estúpido.(...)
Pero ¿cuándo empieza la verdadera historia? (...) El dilema, el problema de conciencia mezclado con inanidad, no se desvanece. Nunca dejas de esperar que empiece la verdadera historia, porque la única historia, al final, es que te mueres.(...)” (138-139)
Si bien el libro cubre muchas “edades” dentro de la vida de Franzen –no sólo la adolescencia propiamente dicha-, parece como si su adolescencia (y no en un sentido festivo) no acabara nunca. En su obsesión por los pájaros, Franzen dice apreciar sobre todo a los inadaptados, a los que no consiguen estar en su sitio. Por el mismo motivo, el lector apreciará el carácter ajeno a toda jactancia con el que Franzen se describe en Zona fría: es un carácter que elige resaltar en toda experiencia, cierta condición (o zona) incómoda, rebelde de la existencia: la imposibilidad de adaptarse, la adolescencia.
Santiago Gerchunoff
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