Corinne Maier dejó para siempre el anonimato a los pocos meses de publicar en una pequeña editorial francesa su primer libro, Buenos días, pereza. Estrategias para sobrevivir en el trabajo (en España editado por Península en 2004). En él confesaba las múltiples imposturas y trucos que llevaba años poniendo en práctica como empleada de la EDF, la compañía eléctrica de Francia, para trabajar lo menos posible sin que nadie lo notara, para escaquearse y hacer lo mínimo sin que esto tuviera consecuencia negativa alguna ni en su carrera, ni en los resultados de su empresa. La despidieron, claro, en cuanto el libro se convirtió en un best seller, pero para entonces Corinne había ganado mucho dinero en derechos de autor, salía en la tele y en la radio a menudo y tenía por delante el porvenir de una carrera en el mundo del libro.
Lo impactante de aquel libro es que usaba el procedimiento y las formas de la autoayuda, -porque el lenguaje era muy simple y de algún modo se trataba de “consejos para vivir mejor”-, pero subvirtiendo su ideología. En lugar de “ser positivo”, “mirar con amor el mundo que nos rodea” y todo el arsenal típico de la autoayuda que siempre presupone que los problemas son nuestros (espirituales, psicológicos, de “inteligencia emocional”, de mantras, tantras o patrangas) y no inherentes a la complejidad del mundo, Maier realizaba un análisis de un escepticismo extremo, casi nihilista del mundo de la empresa, describiéndolo como un sistema absurdo y suicida al que sólo valía la pena engañar y estafar para poder sobrevivir con cierta dignidad. Una iniciativa en sí misma inquietante, pero además, Buenos días, pereza era un libro verdaderamente divertido, lleno de ejemplos, datos y anécdotas contadas con ironía simple y filosa.
Este año, no queriendo quedarse corta en su línea incendiaria, Maier ha publicado su segundo libro de autoayuda invertida: No kid. 40 buenas razones para no tener hijos. Y no. A pesar de lo que pueda pensarse de entrada, no se trata de una solterona resentida. La autora es madre de más de un hijo, lo cual le da a su libro, de entrada, un atractivo del que ella es perfectamente consciente: “¿Cómo es posible que una madre se arrepienta de haber tenido hijos?” se preguntará el lector algo indignado, pero seguramente también intrigado al tomar el libro en sus manos. Este está estructurado en 40 capítulos muy cortos, cada uno de los cuales constituye una razón para descartar el proyecto de la maternidad.
Está claro que si uno se toma en serio la idea de que se nos pueda convencer con “razones” para no tener hijos, surgen infinitos contrargumentos y sentimientos que reducen la iniciativa del libro a nada. Pero en cuanto uno avanza en la lectura, se hace evidente que el llamamiento a la no-matenidad/paternidad es en realidad una provocación al lector, una gran “boutade”. Lo interesante es que no es una provocación vacía, sino sumamente inteligente, llena de información y muy instructiva sobre el mundo en el que vivimos. Del mismo modo que Jonathan Swift escribió un ensayo en el que recomendaba, para paliar la pobreza en Inglaterra que los padres se comieran a sus hijos, como una sátira para hablar de la miseria real de su época, Maier recomienda no tener más hijos, como excusa para criticar las actuales condiciones sociales, culturales y psicológicas de la maternidad en el primer mundo.
El eje de su crítica es la sospecha de que tener un hijo suele convertirse hoy en el principal proyecto de la vida de las personas que lo tienen, en una especie de sacerdocio al que todo lo demás debe supeditarse y en el cual los hijos quedan transformados en unos objetos maravillosos a los que hay que dedicar los más exagerados y ridículos cuidados. El libro está escrito contra la posibilidad, a la mano de cualquier padre o madre de clase media, de justificar y borrar las frustraciones personales (vocacionales, laborales) y de gastar el poco tiempo y dinero del que se dispone, en la sagrada dedicación a la forja del “objeto” hijo. En verdad, el lector que más apreciará u odiará el libro es el que ya es padre o madre, porque sus mayores virtudes son la crudeza y el detalle con los que describe los absurdos en los que se ven inmersos los padres de hoy.
Y son muchas las miserias en torno al ser padre en nuestra época que ataca No kid: la medicalización de la vida, la obsesión con la formación plena y la felicidad de los niños, las miles de actividades en las que hay que introducirlos, la obsesión con su seguridad, con que no se aburran, con que nada les duela, con que estén siempre “motivados”, con que sean perfectos. El sistema educativo en general, es objeto de las más despiadadas críticas por parte de Maier. Y dentro del sistema educativo, la supremacía de los pedagogos y psicólogos, verdaderos moralistas encubiertos, ideólogos del buen hacer del padre moderno, es denunciada como la peor de las condenas para padres e hijos (razón nº 22 “Cierra las puertas a los profesionales de la infancia”). Es muy interesante también su análisis de la perversa relación entre el capitalismo del consumo y la maternidad (razón nº 15 “El hijo es un aliado objetivo del capitalismo”), y en general el señalamiento de cómo la cultura oficial o “el sistema” favorecen y motivan irracionalmente el deseo de “formar una familia”.
Pero lo que parece un poco ingenuo por parte de la provocadora Corinne es creer que el modelo que ella parece contraponer al de la “familia”, que vendría a ser el de un individuo adulto, soltero, creativo y hedonista, sea verdaderamente un modelo “antisistema” o “anticapitalista”. Vale la pena en este sentido comparar No kid con otro libro excelente, aunque de signo contrario, sobre la maternidad, la educación y la infancia: Leer con niños (Caballo de Troya, 2006) de Santiago Alba Rico, cuyo mayor enemigo (por solidario precisamente del “sistema”) es el “soltero” como paradigma del individuo egoísta, irresponsable y consumista.
La extraña paradoja de los interesantísimos argumentos de Maier para no tener hijos, es que muchos parecen provenir precisamente del capricho de un niño perezoso. Quizás ese sea, después de todo, el mayor inconveniente de pensar un mundo de gente sin hijos: sería un mundo poblado exclusivamente por niños avejentados y perezosos.
Santiago Gerchunoff
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