“Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no. Los muy jóvenes, a decir verdad, carecen de momentos. Vivir los días por anticipado, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
Cierra uno tras de sí la puertecilla de su infancia y penetra en un jardín encantado, cuyas sombras guardan un resplandor de promesas. Cada recodo del sendero ofrece su seducción. Y no porque se trate de un país sin descubrir, pues de sobra sabe uno que toda la humanidad ha seguido ese camino. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos obtener una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un fragmento de nuestro propio yo.
Emocionados y expectantes, caminamos reconociendo los límites marcados por nuestros predecesores, y aceptando tal como se presentan la buena suerte y la mala –estando a las duras y a las maduras, como reza el dicho-, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para quien las merece o tiene la fortuna de su parte. Sí; uno camina y el tiempo también camina, hasta que uno advierte ante sí una línea de sombra, señal de que también habrá que dejar atrás la región de la temprana juventud.”
La línea de sombra, Joseph Conrad, traducción de Vicente Muñoz Puelles, Anaya, 2003.
La vida de William Maxwell transcurrió de un modo nada rutilante a lo largo de todo el siglo XX. Nació en 1908 en una pequeña ciudad de Illinois, en el interior de los Estados Unidos, y dicen que la lectura de La isla del tesoro a los catorce años le entregó para siempre en brazos de la literatura. Su vida profesional giró alrededor de la escritura, como editor de ficción de la mítica revista The New Yorker, gracias a la cual se codeó con alguno de los más importantes autores estadounidenses contemporáneos. Nombres famosos como John Cheever, Mary McCarthy, John Updike o J. D. Salinger fueron orientados por Maxwell y parece ser que todos ellos recordaron con gran placer y agradecimiento su colaboración. Mientras trabajaba para los demás, Maxwell desarrollaba su propia carrera literaria, con la discreción de quien considera que su oficio es otro. Sólo a partir de 1980, cuando recibió el National Book Award por Adiós, hasta mañana su carrera empezó a coger vuelo. Murió en 2000, en uno de los momentos de mayor consideración de su obra.
Con su muerte, quizá, Maxwell quiso hacer su última declaración: que el siglo XXI no era para él. Su talento narrativo no puede ser cuestionado, pero su talante como escritor pertenece, sin duda, al siglo pasado. Su mirada sobre el mundo y especialmente sobre las personas que lo habitan no contiene esos rasgos que encontramos en el arte del siglo XXI. No comulga con la fragmentación de la realidad que caracteriza a alguna de las plumas más brillantes de esta época, no observa con inquietud lo que le rodea, ni intenta reconstruir un mundo que parece falto de coherencia y consistencia. Al contrario, el universo donde habita Maxwell es. No parece ser. No podría ser. Simplemente es el que es. Si tuviéramos que hacer una analogía, ¡qué atrevimiento!, podríamos decir que Maxwell es a la literatura norteamericana, lo que Álvaro Mutis es a la literatura sudamericana: un paso firme sobre un suelo que, tal vez, se hunde a medida que lo dejamos atrás.
Nadie osaría meter a William Maxwell en una lista que incluyera a autores tan actuales como Dave Eggers, por citar a un norteamericano, o Roberto Bolaño, por seguir la analogía con los sudamericanos. Ahora bien, todos ellos son hijos de la misma estirpe, presos de la misma obsesión. Todos ellos contemplan la realidad, su realidad, con la certeza de que solamente a través de la literatura el mundo adopta su forma definitiva. O de otro modo, que del siempre cambiante universo en el que habitamos sólo descubrimos su verdadera forma cuando se muestra en el arte. El arte de la escritura, en este caso.
La materia de Maxwell, al menos en las obras que ha editado hasta ahora Los libros del Asteroide, es el recuerdo: los acontecimientos que la experiencia vivida han quedado grabados en su memoria. En todo caso, la virtud de Maxwell es su negativa a abandonarse a la memoria. Nunca intenta ser fiel a los acontecimientos. Se nota. No trata de reconstruir el pasado y devolverle su forma original. Más bien emprende una búsqueda de las claves del pasado, para lo cual necesita recrearlo en la escritura y hacerlo aparecer, hablar, del modo en que no podía escucharlo mientras vivía los acontecimientos. Revive lo que ya vivió y, a través de esa nueva vivencia, se reconcilia con el pasado. Porque la vida es demasiado compleja para comprenderla mientras está sucediendo. Por eso necesita Maxwell de la literatura. Por eso la necesitamos todos.
En Vinieron como golondrinas (1937) Maxwell retrocede al momento en que, siendo aún un niño, su madre murió a causa de la famosa epidemia gripe española que asoló los Estados Unidos a finales de la década de 1910. Las tres partes en que se divide el libro, en cada una de las cuales hay un narrador distinto, ofrecen una perspectiva poliédrica de la muerte de la madre, cuya desaparición altera para siempre un ecosistema familiar que estaba anclado en la omnipresencia de la figura femenina, madre y esposa. La voluntad de recrear la experiencia vivida y otorgarle un sentido que no podía tener en el momento de la vivencia se observa de manera extraordinaria en la tercera parte, cuando el padre y esposo toma la palabra. Sólo el paso del tiempo y el conocimiento adquirido posteriormente permiten a Maxwell elaborar el discurso de un padre, su padre, ante la pérdida de la mujer que ama y que es el verdadero sostén de la familia.
En La hoja plegada (1945) los protagonistas son dos adolescentes cuya amistad les hace vivir juntos el paso de la adolescencia a la madurez. Uno de ellos es un chico introvertido, inteligente y sensible, con una falta radical de referentes familiares: la madre muerta, el padre ausente. El otro, por el contrario, es un muchacho de fuerte carácter, atractivo y con cierto éxito social que, sin embargo, aspira a una vida sólida y ordenada. La amistad que surge entre ellos se construye sobre la fascinación por el otro, por lo que el otro simboliza ante las carencias que,inconscientemente, cada uno manifiesta. Y esa mutua fascinación es la que vemos evolucionar a medida que se enfrentan a las dificultades que acompañan el tránsito hacia la edad madura, de una forma tan intensamente verdadera que uno no imagina que pueda haber sido escrita en los años 40, cuando imperaba cierta ortodoxia sobre la manera de acercarse a la juventud.
Pero es en Adiós, hasta mañana (1980) donde la literatura de Robert Maxwell alcanza su cénit. Si antes había examinado la muerte de la madre o el paso a la madurez, aquí se centra en un episodio mucho menos significativo en la vida de una persona sobre el que Maxwell se ve obligado a volver cuando está a punto de cumplir los ochenta años. No es que se sienta infeliz, ni que crea que tiene una deuda con el pasado, pero no puede apartarse de un recuerdo de su niñez, que le susurra que dejó de lado a un amigo en un momento indudablemente complicado para él. Cuando inicia la novela Maxwell siente que las cosas podían haber sido de otro modo y mediante esa reconstrucción parece querer volver a vivir ese momento, con todo lo que ya sabe, para averiguar cómo fueron dejando su poso los acontecimientos. Es muy emocionante asistir a la narración de la amistad entre esos dos niños, solitarios y quizá un poco inadaptados, al tiempo que se relata, sin apelar a la intriga o al misterio, el inesperado asesinato del padre de uno de ellos. Lo que Maxwell necesita explorar son las razones por las que en ese momento, cuando quizá sólo bastaba con una palabra cálida o con un retorno a la cotidianeidad perdida, él dejó pasar a su lado al hijo del muerto, sin intentar retenerlo, colaborando en un aislamiento que probablemente se convirtió en su sino a partir de entonces. Como al Ángel de la Historia de Walter Benjamin, a Maxwell le gustaría "detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado", y es sólo a través de la literatura como consigue una cierta reconciliación con ese pasado ya inamovible.
Sin duda, William Maxwell escribe, fundamentalmente, sobre él y para él mismo. Y sin embargo, no dudaríamos en colocar su obra en los anaqueles de la narrativa, a pesar de sus referentes autobiográficos. Porque su voluntad de narrador trasciende al individuo que escribe sobre sí mismo. Maxwell se abre al mundo para darse a conocer, pero sobre todo para conocer. Para saber más. Y lo que le interesa concer, sobre lo que da vueltas y más vueltas, tiene que ver con algo característico de gran parte de la literatura norteamericana del siglo XX: quiere acercarse a esos momentos en que una persona descubre las claves del mundo que le ha tocado vivir, quiere explorar el periodo en qué comprendemos que las maravillas que nos reservaba la vida pertenecen más al territorio de nuestros sueños que al de la realidad (¿será casualidad que Maxwell fuera el editor de Salinger, el autor de El guardián entre el centeno). Maxwell nos transporta constantemente a esa línea de sombra que separa la juventud de la madurez, a ese momento en que nos vemos obligados a elegir entre la inocencia de nuestros primeros años de vida y la rica, pero también conflictiva, complejidad de la vida entre los adultos.
Pero sobre todo Maxwell nos enseña algo muy importante en una época en la que nos esforzamos más que nunca por modelar y dirigir el crecimiento de los niños y los adolescentes. Nos enseña que no podemos proteger a las personas de la complejidad que les espera, que ni siquiera está en manos de los padres o de la escuela decidir el momento en que una persona se puede enfrentar a la tupida red de emociones y conflictos, deseos y frustraciones a las que se verá expuesto en su camino. Porque la vida, parece querer decinos William Maxwell, es un aguacero que siempre encuentra la rendija por la que poder colarse.
Igor Muñiz |