“Le vi abrir el portón y entrar dentro arrastrando los pies, fatigado por el esfuerzo que llevaba haciendo toda la mañana al recordar –o al inventar- hechos lastimeros que habían ocurrido hace mucho tiempo. Tuve la certeza de que a don Alberto le extenuaba más el pasado que la vejez”
Las manos cortadas, p. 285
Antes de Las manos cortadas, y según sus propias palabras, Luisgé Martín había escrito siempre “textos intimistas y sentimentales”. Martín quería ahora otra cosa, quizás más grande, más ambiciosa: quería escribir una “novela de intencionalidad política”. Mientras tanto, sus editores insistían en que probara escribir algo de misterio o intriga. La novela resultante cumple sin duda con esos dos objetivos, es una novela política y es una novela de intriga. Pero lo mejor del libro, lo más interesante es precisamente el tono singular con el que los cumple: un tono sentimental e intimista.
Es que Luisgé Martín es un maestro de la confesión. La confesión, no como mero impulso narcisista y morboso, sino como recurso retórico-literario de altura. La veracidad y profundidad de la narración de Las manos cortadas, llena de traiciones, infidelidades, prostitución, incendios, asesinatos se apoya decisivamente en la forja confesional del personaje del narrador y escritor Luisgé Martín. Luisgé se llama a sí mismo sucesivamente ambicioso, cobarde, prejuicioso, triste, solitario y...así enamora al lector que se entrega, le cree casi todo y lo llega a convertir por un rato en su anti-héroe preferido.
“Osvaldo tenía aquella noche ese aspecto desamparado y triste que tienen sólo quienes han dado ya la vida por perdida. Quienes acaban de ver morir a la persona a la que amaban, quienes han sido desahuciados por los médicos o quienes saben que ha pasado irremediablemente el tiempo en el que pudieron ser felices, en el que estaba aún en su mano lograr algo de lo que soñaron. A lo largo de mi vida he conocido a muchos individuos de esa naturaleza, tal vez porque me parezco mucho a ellos y los busco para reconfortarme. Hombres vencidos que tienen siempre los ojos idos, la mirada muerta.”
Las manos cortadas, p. 151
Pero, ¿de qué trata Las manos cortadas? ¿Por qué es una novela política? En toda novela, y más aún en una de misterio, hay algo que pende de un hilo; hay un destino aún indeterminado que la narración misma tendrá que decidir. Las manos cortadas trata del periplo de un escritor español en Chile que intenta averiguar la procedencia y veracidad de unos documentos secretos cuyo contenido arruinaría la gloriosa memoria de Salvador Allende como símbolo de coherencia y dignidad. Lo que pende de un hilo en este relato, y por eso se lo puede llamar “novela política”, es la verdad del compromiso político de un individuo, pero de un individuo de cuyo recuerdo dependerán las convicciones políticas de varias generaciones.
Pero el que ese símbolo –Allende- u otros similares, estén en peligro, (peligro que nutre de intriga a la narración), no es una mera invención de Martín, sino un hecho perfectamente comprobable en la prensa y en la literatura de nuestra época. En este sentido, Las manos cortadas tiene dos grandes antagonistas reales; es un libro escrito contra dos tendencias culturales contemporáneas. Por un lado, el revisionismo histórico de tipos como Pío Moa en España o Víctor Farías en Chile, que intenta, basándose en datos dudosos o incontrastables, diluir la heroicidad de los héroes o la maldad de los villanos en la memoria colectiva. Y por otro lado, el relativismo desmitificador que subraya la impostura de toda figura heroica, y recuerda que todos somos un poco buenos y un poco malos, que la frontera no está nada clara.
Contra estas dos tendencias, Luisgé convierte su novela en una defensa original y apasionada del maniqueísmo, se declara directamente y con orgullo “maniqueo”, convencido de que en verdad “existen personas que aspiran al Bien y personas que representan el Mal..” (p. 252). Y si, se pueden dar muchas vueltas, viajar, investigar, dudar, escribir novelas de misterio, descubrir que lo único que pesa es el pasado, pero al final hay que posicionarse: ¿a favor o en contra?
Santiago Gerchunoff |