El país del miedo podría haber sido un libro malísimo. ¿Cómo? Imaginemos a un escritor fascinado por el problema de la inseguridad ciudadana y convencido de que es un “falso” problema, inflado por los medios de comunicación, el cine norteamericano y los sectores más conservadores de la sociedad. El escritor decide escribir una novela que muestre lo infundado de las políticas del miedo y las injusticias que se derivan de la exageración de las medidas de seguridad y la prevención del crimen. El protagonista-villano del libro es un tipo de derechas, aficionado a las armas y a la violencia, de clase media-alta y racista que sin sufrir ningún peligro real en su vida cotidiana, vive en guardia y en guerra contra inmigrantes, gitanos y todo aquello “marginal” que está señalado como amenazante por los medios de comunicación. El escritor, un tipo ilustrado, progresista y de clase media, se dedicaría durante todo el libro a vapulear y a mofarse del protagonista denunciando la indignidad, la estupidez y la necedad de esos “fachas” que reclaman la inseguridad ciudadana como punto fundamental de toda agenda política. Así, el escritor desarrollaría una relación demagógica y segura con sus lectores “progres” de clase media, previamente convencidos de todo lo que el libro dice.
Pero lo cierto es que El país del miedo es un libro muy bueno. ¿Cómo? Su autor, Isaac Rosa, es alérgico - ya lo pudimos comprobar en su novela El vano ayer (pincha aquí para ver una reseña que preparamos cuando se publicó), - a toda demagogia, a toda relación suave, segura con el lector y pone como protagonista de su libro sobre el miedo, precisamente a un “progre” de clase media, que a pesar de ser contrario en principio a todo prejuicio social, de raza o clase, vive atosigado, acorralado por el miedo al otro, al distinto, siempre amenazante, siempre impredecible. Alguien para el que los miedos que lo invaden una y otra vez en su vida cotidiana en la ciudad, no son sin más aceptables, suponen conflicto y culpa, porque están enfrentados con sus propias convicciones. La elección del perfil sociocultural de Carlos, el protagonista, es para mí el mayor acierto del libro, lo que lo hace especialmente interesante. El minucioso análisis del arraigo social del miedo que Rosa lleva a cabo debe ser mucho más comprometido y profundo, porque para mostrar lo infundado del miedo ambiental que denuncia no puede valerse simplemente de la mofa y la caricatura del temeroso, sino hasta cierto punto, de su comprensión y empatía.
Por eso la lectura de El país del miedo es tan tensa, porque la relación del lector con Carlos, es tensa, disparadora de preguntas. ¿Somos realmente como él? ¿Qué haríamos en su lugar? ¿No es simplemente un cobarde? ¿Pero, qué quiere decir exactamente cobarde? Carlos es exageradamente temeroso, de eso no cabe duda, pero sus análisis de la realidad que lo rodea, sus incesantes cálculos y mediciones de los posibles riesgos circundantes son de una racionalidad tan obsesiva como irrefutable. Lo despreciamos y lo entendemos, nos despreciamos y nos entendemos. Lograr mantener el equilibrio entre (auto) desprecio y compasión por Carlos casi hasta el final, es la gran (osada) apuesta literaria de Rosa.
Y por otro lado también es tensa, convulsa, la relación que tiene Isaac Rosa con su propio oficio, la ficción; con la fabulación, con el arte de inventar historias. Si el propósito de El vano ayer, -la brillante novela con que se hizo conocido hace ya cinco años-, era poner en guardia al lector contra los peligros de la ficcionalización de la memoria histórica, aquí, en El país del miedo, la tesis de fondo señala también a la ficción (a las películas, a los relatos populares, a la literatura adulta e infantil) como principal fábrica y escuela del miedo. Este recelo ideológico por la ficción, es evidente en su estilo de escritura, en el que la trama y su ritmo son constantemente interrumpidos y torpedeados por pequeños ensayos, reflexiones y hasta documentos oficiales que podrían ser parte de un ensayo o incluso de un manual de psico-sociología del miedo. Pero el desdén por el relato, la oposición teórica a la ficción como fuente de engaño, tienen un límite evidente: el hecho mismo de que El país del miedo es una novela, una ficción de voluntad ensayística (si se quiere), pero cuyo influjo sobre el lector depende sobre todo de la sutil, pero enorme destreza narrativa de su autor. De hecho, un comentarista que ignorara (injustamente) el trabajo de análisis sociológico y psicológico que tiene el libro y sólo se fijara en su trama (sobre todo en sus últimas 120 páginas), podría describirlo como un thriller psicológico. Un “electrizante thriller psicológico” podría decir el cartel de una paradójica (pero posible) adaptación cinematográfica que cosecharía un gran éxito de público, cómo no, en el país del miedo.
Santiago Gerchunoff
Si te ha interesado este artículo, consulta la reseña de El vano ayer, pinchando sobre estas líneas. |