"El vano ayer"
de Isaac Rosa, Seix Barral.

El "auto-sabotaje" del novelista
2004

     

            No sabíamos mucho de Isaac Rosa antes de El vano ayer. Dice la solapa de este libro publicado por Seix Barral, que su primera novela de la que nada más que su título conocemos, se llamó, como un vaticinio, La malamemoria. Y ahora, así, sin previo aviso ni nada, este sevillano de 30 años ha escrito una de las mejores novelas sobre la posguerra y su ¿memoria? en España. Desde luego, una de las novelas más arriesgadas, originales y al final también efectivas en sus peculiares ambiciones, -que no sólo son de contenido sino también formales-, escritas en España en los últimos años.


            Contándolo de manera convencional, El vano ayer intenta narrar y dilucidar las misteriosas circunstancias en las que en un corto lapso de tiempo un joven líder de la militancia universitaria antifranquista en Madrid, André Sánchez, es detenido y desaparecido y un profesor suyo, Julio Denis, del que no se conoce en principio un claro posicionamiento político, es expatriado, exiliado aparentemente a la fuerza a París. Si este libro fuera, como decíamos, simplemente una novela de intriga histórico-política, su núcleo de misterio estaría en un extraño encuentro entre el joven André y el profesor Denis, -que hasta ese momento prácticamente no tenían trato personal-, encuentro en el despacho del profesor  que precede inmediatamente al desmantelamiento por parte de las fuerzas represivas de la principal célula de agitación universitaria, a la desaparición de André y a la repentina ¿huída? a París del profesor Julio Denis. ¿Qué paso en ese encuentro? ¿Qué relación había en realidad entre el profesor y el alumno? ¿Era el profesor un militante de izquierdas o era en realidad un topo colaboracionista? La novela entera consistirá en el desarrollo de estos interrogantes y sus posibles respuestas a través de diversos testimonios de testigos y co-protagonistas de las circunstancias de esa época convulsa y confusa: reuniones clandestinas, interrogatorios y sesiones de tortura policial, manifestaciones reprimidas, historias de amor furtivo, miseria cotidiana material y cultural, y exilios obligados.


            Todas las novelas tienen unos personajes principales con un perfil, con un carácter, con una historia, con unos rasgos, de cuyo delineamiento consistente depende en gran parte el éxito de la narración misma. Estos perfiles son el punto de partida, digamos, la base de toda novela. EnEl vano ayer, sin embargo, el único compromiso de base del autor, es la duda respecto al perfil, al carácter, a la personalidad de sus protagonistas. No sabemos nunca realmente quién era André Sánchez, quién era Julio Denis. El autor se desnuda, nos muestra desde el principio sus cartas, se nos revela como inventor, como creador desde un principio, y en lugar de contarnos sin más la biografía de Julio Denis, nos da varias biografías posibles, alternativas y muchas veces contradictorias. En cuanto nos vamos acostumbrando a una novela, a una realidad posible, a un modo de ser de los personajes, en cuanto la novela va teniendo, por decirlo así, efectividad narrativa, al siguiente capítulo, el autor se “auto-sabotea” como escritor y se erige en historiador crítico y mediante una narración que contradice la que acaba de cerrar, nos advierte: “Ojo, no te adormezcas, no te entretengas con esa manera de ver las cosas, porque también pudieron ser de este otro modo”.


            La escritura de El vano ayer debió ser una verdadera tortura para el autor, pero el resultado para el lector es apasionante. Como antes señalábamos, con cada paso adelante (o atrás) que se da en la trama, asistimos a un abanico de posibilidades, de puntos de vista posibles sobre unos mismos hechos que se deslegitiman los unos a los otros. La tensión teórica que funciona como telón de fondo de El vano ayer es la contraposición imposible entre “verdad histórica” y “efectividad narrativa”. De esta manera, la mirada crítica (y tortuosamente autocrítica) de Isaac Rosa, no sólo se dirige a los peligrosos lugares comunes de una memoria histórica ficcionalizada, saturada de estereotipos encubridores, sino también a la construcción de toda narración de ficción, marcada trágicamente por la necesidad de entretener al lector, de mantenerlo cautivo. Desconfíe lector, de toda buena narración, en cuanto se sienta atrapado por una trama, en cuanto no pueda evitar seguir leyendo, ahí precisamente deténgase y piense qué es lo que le están contando. Aunque no quisiéramos hacerlo como lectores, Isaac Rosa, al menos en El vano ayer, nos obliga, porque, como decíamos, su estructura es la del “autosabotaje” narrativo, su compromiso es el de la huída sistemática de toda demagogia. En cuanto nos sentimos cómodos, en cuánto el paisaje que nos pinta la novela se nos convierte en épico, exótico y atractivo, el autor, como un extraño aguafiestas de sí mismo, nos muestra ese paisaje como encubridor, como mentiroso, como calculado y desechable.


            Pero hay algo que a Rosa se le escapa de las manos. No puede evitar escribir bien, no puede evitar ser un gran narrador. Ni él mismo, con sus continuos cuestionamientos a su propia construcción puede luchar contra la poderosa curiosidad que nos provoca su accidentada, pero poderosa narración. Queremos saber más del pasado de André, no podemos evitar la conmoción ante las escenas de tortura, nos engancha la mínima sugerencia de una historia de amor, queremos saber más sobre el funcionamiento descuidado y heroico de la célula de agitación universitaria, nos reímos con el mundo de las novelitas de kiosco con las que se entretenía el pueblo de la posguerra, nos llena de curiosidad morbosa la velada vida íntima del profesor Denis en Madrid.


            Lo interesante es que el propio Rosa sabe que su pretensión al final se le va de las manos, lo sabe y llega a reconocer, a confesar (con tal habilidad que lo creemos sincero) el peculiar fracaso de la ambición de verdad de su texto, peculiar, decimos, porque consiste, precisamente en el éxito de su texto como narración, en su victoria como escritor, como contador de cuentos. Él mismo se lo dice: “Quizás, más probable, estamos ante una confesión de invalidez, el recurso deconstructivo de quien no sabe, no puede, o no quiere construir, y que al final, en la última página, comprueba entre lamentos que no hay otro modo, que siempre se acaba construyendo algo”.           

Santiago Gerchunoff

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El vano ayer
Isaac Rosa
Editorial Seix Barral

 

 
 
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